Sueños reveladores

“Las lágrimas de mi madre caían de su rostro inundándolo todo. Cómo olas, cubrieron todo de negro nuevamente.” El viento soplaba fuerte. Casi como arrastrándome, llegué a un claro bañado por la luz de un sol que parecía luna o eran ambos, eclipsados, en un cielo escarchado. Y cuando por fin creía estar a salvo, el viento me llevó frente a unos pinos. El bosque empezaba a crujir, a llamarme con un latido cada vez más fuerte. De pronto, todo se puso negro. No hubo más. Una pantalla negra alcanzó a cubrirlo todo. Tras cuestión de segundos, caminaba por los pasillos de un hospital y todas las puertas estaban cerradas. Al voltear, mis padres preguntaban por mí. – ¿Donde está? ¡Queremos verla! Y las lágrimas de mi madre caían de su rostro inundándolo todo. Cómo olas, cubrieron todo de negro nuevamente. La escena cambio tan pronto sin poder responderles, sin poder dejar que me escuchen. Aparecí en una fiesta donde primaban los tonos rojos y negros. La gente bailaba con máscaras de animales y otros al ritmo de una canción de electrónica parecían extasiados, sudaban. Un brazo delgado, fino y blanco, me arrastro entre la multitud. Ella, menuda y de ojos grandes me declaro su amor. – Eres todo lo que alguna vez soñé, Avril. – y sus manos suaves rozaban mis mejillas, mientras las suyas se ruborizaban de timidez. Y sin poder emitir alguna respuesta, unos brazos musculosos y oscuros me abrazaron por detrás llevándome lejos de esa pequeña ninfa que cambió de expresión. Su rostro era de preocupación y perplejidad. Estiraba, sin éxito, sus brazos hasta no poder alcanzarme. Me vi frente a él. Un hombre trigueño de gran tamaño y de cuerpo fornido. Tomó mis hombros entre sus grandes manos y me pidió estar quieta y en silencio. La música y la luz roja, tenue, seguían marcándolo todo. – No la escuches, por ella estas tan herida. Yo te amo, Avril. Escógeme a mí. – y empezó a derramar lágrimas que no podían explicarse. Eran de aquellas que parecían contenidas hace mucho tiempo. Todo volvió a la oscuridad. Volví a ese claro que conducía a una colina. Esta vez, voces de todo tipo me llamaban a entrar al bosque de pinos. Sus susurros inteligibles me empujaban con el viento y a cada paso, oponiendo resistencia, el bosque crujía aún más. Lo rechacé y volví a pararme lejos de la entrada al bosque. Era mejor. Me sentía mejor a esa distancia.

Y una pantalla negra lo volvió a cubrir todo. Casi como un viaje de aquellos, uno de los que planean no decir nada, pero dejan mucho.

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Amores fallidos

“Hay quienes preferimos llevar la bomba dentro; que explote para evitar lastimar a alguien.”

Era 2 de septiembre. Como nunca el sol sorprendió a todos después de tantos días grises y fríos. Se supone que empezaría la primavera y parecía que el invierno se rehusaba a partir. Él llegó tarde como de costumbre y las ansias como fuego se avivaban en mi mirada.

El resto fue la desilusión a flor de piel. A los cuatro días de lo que habría sido la cita más adorable del mundo, lo llamé (como siempre) para volver a vernos. Esta vez creí que era el inicio de algo tan hermoso en medio de las depresiones propias de la adolescencia.

No creo que pueda. No te lo había dicho, pero… estoy saliendo con alguien más.

Y así, acabo por definirse que estaba predestinada al desamor. A vivir al margen de ese mundo hoy tan extraño. Desaparecieron las emociones más cálidas que guardaba de ilusión infantil. Se desvanecieron sus caricias y las cosquillas que dejaba en mi piel. La sonrisa se apagó y se hizo pequeñita; casi un esbozo en la comisura de los labios atinó a curvarse.

¡Oh vaya! ¡Qué lindo! No importa. Mucha suerte y espero que te vaya muy bien. – una lágrima cayó por mi rostro y corrí a mi habitación tan pronto como pude. Lloraba todas las noches, pero aquella fue demasiado trágica. Casi me ahogaba en el mar de los te amo que nunca le dije.

¿Desear con rabia lo contrario? ¿Para qué? Desde entonces me debatía entre si volvía a creer en alguien que decía gustarle o si me encerraba dentro de mis propios pensamientos y desórdenes. Pero tras unos años, lo volví a intentar.

Alguien al oír mi historia juró no ser igual. Me llenó la cabeza de ilusión de nuevo y pensé que quizás sería el indicado. Pero ¿quién usaba tu propia vida, tu pasado, tus palabras y tu confianza depositada en contra tuya para herirte? Solo una persona que tampoco podría haberse estimado lo suficiente. Alguien que pedía ayuda a gritos, no una pareja.

Volví a sumergirme en la calamidad. Había aceptado y me caí, de pronto, en una suerte de sueño profundo. Una mañana desperté. Había pasado más de un año y me pregunté mientras estaba frente al espejo: ‘¿qué estoy haciendo?’ Así terminó eso que creía que era amor, pero no fue más que una escapatoria a mí misma, una suerte de capricho.

Amores fallidos, muchos. Aquellos que dejan un sin sabor en la garganta, que te obligan a sonreír y contarlo como algo que ya pasó, pero que, en buena cuenta, solo queda en la pregunta de algunos extraños que se lanzan al azar. “¿Cómo has podido con todo ello y no se lo has contado a nadie?”, y mi respuesta siempre fue la misma: hay quienes preferimos llevar la bomba dentro; que explote para evitar lastimar a alguien.

Han pasado 3 años y ya no hay rastro de ella, pero tampoco de mis emociones. Las he perdido al ritmo de una detonación catastrófica.

Una luna de verano

“Es pleno verano y me ha traicionado con su luz incandescente, con su cuerpo entero, sin curvas ni medios conceptos.”

¿Es que es eso posible? Sentir que has estado tan cerca de alguien y realmente no estarlo. No saber su nombre ni en dónde está… eso es tan bonito como cuando me siento bien con él aunque solo lo piense. Porque así lo siento cerca.

Son las 02:01 y otra vez no puedo dormir. La luna me acompaña alumbrándome de lejos. Me ha despertado un sueño de aquellos en los que te embarga una alegría inmensa o era una tristeza tan pura. No lo sé. Esta madrugada es de las más extrañas. Ha sido un sueño de aquellos en los que no recuerdo si he sufrido hasta las lágrimas o si he reído bajo la lluvia, pero mi rostro se ha empapado de una emoción tan distinta y propia. ¿Qué ha pasado?

La luna se ha burlado a carcajadas, permitiéndome ser de nuevo esclava. Despojándome de mis valentías ante lo inesperado. Develando mi amor enamorado. Es pleno verano y me ha traicionado con su luz incandescente, con su cuerpo entero, sin curvas ni medios conceptos. Me ha forzado a ver sus ojos a través de sus cráteres. Y ha cautivado mi sueños en boleros eternos.

Siento que lo he conocido y al mismo tiempo seguimos siendo dos extraños. Que vivimos en momentos diferentes, que no estamos listos para la vida. Presiento que lo he visto y él a mí, que es más alto con el pasar del tiempo y yo más torpe. Que es imposible que alguna vez hayamos visto la misma puesta de sol, porque pienso que he estado a su lado cuando la luna se desvanece y él en el mío cuando Helios se oculta en el horizonte.

¡No quiero dejar que se muera este sentimiento tan dichoso! (y un poco ansioso). Porque aunque no sepa su nombre lo amo y así lo he querido siempre. Entre la idea de sueños e ilusiones que no se concretan en verdad. Y aunque sabemos que es real, nunca estuvimos bajo la puesta del sol, ni vivimos el amanecer, ni dormitamos en algún lugar.

Aún somos dos extraños que solo se ven en sueños y sufrimos por la ausencia del otro. Por eso nos duele tanto… tanto. Sabemos que es real, que nos hemos visto, pero esto es tan inexacto, tan poco creíble en tiempos tan difíciles.

Yo lo amo y él a mí, y así como he vivido una vida creyendo que vive en otras fronteras, él me piensa por que cree en mi realidad. Hoy, por ello, mis latidos entonan otro ritmo. Mi música interna va más despacio y mi alma descansa entre el recuerdo de la suya. Y aunque no olvido su nombre o simplemente no lo sé, él tampoco sabe el mío y aún así me ha dejado su calor sin olvidarme. Esa es la mezcla extraña entre amar a un desconocido y vivir eternamente en soledad y sentirse amado.

Y si alguna vez tiene la dicha de leer esto, aunque yo ya no exista más en este mundo, o por lo menos no en el suyo, sabrá cuánto he sentido yo por él y sabrá que yo entendía este amor entre claras barreras del tiempo. Hoy, no tengo miedo de decir que lo amo. Lo amo aunque no sepa su nombre y él me vaya olvidando.

Dilema del erizo

“Desde su ‘animalidad’, comprendí y pude identificar la justificación a casi todas las acciones controversiales del ser humano

Ninuzhka, es el nombre de la pequeña erizo que adopté. Esta pequeña me ha enseñado muchas cosas en estos años tan bellos en los que juntas hemos atravesado todo tipo de dificultades. Ella, desde su diminuto tamaño, ha comprendido con total exactitud mi ánimo y yo he comprendido a través de los pinchazos en mi mano que un amor como el suyo no es para cualquiera, que duele, pero necesita sentirse aceptada. Y yo la necesito y la acepto.  

Ella se ha empeñado en demostrarme una suerte de cariño complejo, del que se desprende, casualmente, la existencia y paradoja de su especie: el dilema del erizo. Básicamente, lo poco que conozco de las emociones humanas las conocí a través de ella. Desde su ‘animalidad’, comprendí y pude identificar la justificación a casi todas las acciones controversiales del ser humano que se precia de inconmensurable sabiduría, inteligencia y raciocinio.  

El dilema del erizo, como bien lo ejemplificó Schopenhauer, se materializó en mi relación con este bello y enternecedor espécimen que llegó a mis brazos por el pasado mismo y hoy, en honor a sus 4 años de vida, la quise inmortalizar a través de la escritura. Lo cuál me llevó a preguntarme cómo es que esta pequeña existencia puede enseñarnos a través de una distintiva manera de expresar su afecto a ser más resilientes ante una suerte de sacrificio usando nuestro propio comportamiento.

La pequeña Ninuzhka, pese a su naturaleza esquiva y solitaria, una tarde durmió en mi regazo caliente bajo la manta de algodón pomposo que nos cubría de la crudeza del invierno. Había dejado de renegar y erizar sus púas para pegar su cuerpo rollizo a mis piernas y buscar mi calor. Yo le di lo mismo, y le agregué caricias para que supiera que no estaba sola.

Al inicio era terca y me hacía daño. Poco a poco, se fue ablandando. De esta manera comprendí que las personas en sociedad somos similares. A la primera muestra de cariño, estando tan inmersos en una irrealidad virtual, nos exasperamos buscando la mala interpretación, el lado malicioso siempre pesa más. Es gracias a la observancia de mi pequeña compañera que comprendí cómo los hombres, en el término genérico de especie, hemos dejado de ser confiables y hemos puesto en duda la confiabilidad del resto.

¿Es tan difícil que podamos vivir en un mundo menos confrontacional, donde nuestras ‘espinas’ no pretendan atacar a los nuestros, dónde comprendamos la lealtad de nuevo como una firma, como una huella? ¿Es tan difícil volver a creer en nosotros mismos?

No es tu culpa

Solo aquellos seres que alguna vez hemos caído a un abismo podemos resurgir con alas nuevas y emprendemos viajes largos y prodigiosos. “

Para Morena:

No es tu culpa, pequeña, ser marginada por la sociedad que vio indiferente tus problemas, tu tristeza. Niña, no llores por algo tan tonto como que aquellas a las que llamaste amigas no fueran a tu fiesta de cumpleaños. No es tu culpa que el mundo sea tan cruel con los desfavorecidos, que no hagan marchas en tu nombre; por quienes, como tú, no tuvieron opción a decidir.

Por favor, no te culpes por tu madre a quien otras mamás consideran una descuidada y que por ello alejaron a sus hijas. Tú no tienes nada de malo, ella tampoco. Algunas personas ignoran que un ataque de este tipo puede ocurrir hasta en sus propias casas de quienes menos lo esperan. Tu madre solo siente impotencia. Es probable que, así como tú, se pregunte dónde está la igualdad.

Hoy, muchos tomarán tu caso y lo ventilarán por ahí como ejemplo de lo cruel que es el mundo, te utilizarán en su discurso, que los hombres son lo peor que existe, que te dirán que debes ser dura con ellos y que jamás confíes. Pero, mi dulce pequeña, no todos los hombres son iguales, así como no todas las mujeres son buenas. Eso lo irás notando con el tiempo cuando dejes de sentir miedo. Hay hombres y mujeres que han vivido lo mismo y ¡vaya que también han sufrido mucho! No estás sola.

Tu vida ha cambiado, lo sé. Es duro tratar de explicar los cambios que ocurren en tu mente, en tu cuerpo, en tu espíritu vulnerado. No obstante, no pierdas la esperanza. Hay personas que saben bien que no todos pueden saber a ciencia cierta lo que les ha pasado. Pequeña, no dejes que nadie, ni sus pensamientos o ideologías, intenten sabotear tu propio raciocinio.

Mi niña, no te pido que lo olvides o que lo pases por alto. Es evidente que, desde ahora en adelante, no podrás dejar pasar las injusticias cuando las veas, habrás desarrollado un olfato agudo para estas. Como un ave lograrás identificar desde lo más alto los peligros. ¿Y sabes por qué? Porque solo aquellos seres que alguna vez hemos caído a un abismo podemos resurgir con alas nuevas y emprendemos viajes largos y prodigiosos. ¡Serás esas aves que guían al resto, no hay duda!

Vamos, princesa, intenta no llorar y sonríe porque nadie excepto tú puede alcanzar la verdadera felicidad. Recuerda esto: tú eres única dueña de tu pasado y tus experiencias, ¿por qué dejarías que alguien más decida sobre tu futuro? Si ya te robaron una de tus decisiones más importantes en la vida, no dejes que otros lo hagan de nuevo con sus ideologías. Sé dueña de ti misma bajo tus propias reglas.

Día 7: no hay vuelta atrás


“Se descubren nuevos límites que el ser humano se empeña en sobrepasar “

Pasaron las festividades de fin de año y el mundo volvió a su rutina entera, en donde la desilusión y la resaca son aquellas manifestaciones post-party que se tienen antes de la depresión. Esa que llega con el increíble agotamiento y con el primer estado de tu cuenta bancaria del año.

Ha pasado la primera semana y con ella grandes noticias alrededor del mundo. Los primeros bebés del año, el primer terremoto de 7.1 del 2019 en el límite Brasil-Perú, los escándalos políticos que nunca faltan y las tomas de mando cargadas de mensajes subliminales. El 2019 promete, como muchos, y viene cargado de una suerte de renacimiento, aunque, básicamente, muchos hacen los mismo de siempre.

Ya ha pasado la primera semana de este mes de matrimonios en el Olimpo y con ella las resoluciones que uno toma desde el primer día empiezan a decaer: la dieta, el cambio de actitud, hacer ejercicio, ser un mejor ser humano, según se fue el año anterior. Y así, los horóscopos han dejado de cobrar importancia.

De repente, un vaticinio, un quejido del pasado lograr hacer que volteemos la mirada y sin pestañear descubrimos que no hay vuelta atrás. ¿Qué puede ser peor que descubrirnos a una semana de parecer eternamente felices, sino merecedores de una suerte de maldición? Nuestro cuerpo es tan endeble como una planta pequeña ante las magnitudes que el universo nos propone.

Pero no todo es realmente tan pesimista como se cree, porque lejos de abandonar esta suerte de misticismo que acompaña los primeros días del año, lo cierto es que, realmente se empieza algo distinto, más realista. Se descubren nuevos límites que el ser humano se empeña en sobrepasar.

Nos sorprenden con las noticias trágicas que se revelan antes que las buenas, nos llenan el corazón de ideas frías. Así, la alegría con la que se empieza nos desvanece en una serie de incertidumbres. Llegamos a medio año entre horrores y dolencias, y, así, finalmente decaemos en la desesperación, en el ‘a dónde iremos a parar’, en el ‘nunca vamos a cambiar, somos de lo peor’. Así es el ser humano cada vez que cambia de año, de mes, de día.

Los ánimos positivistas se distraen en una sonrisa mortuoria, nerviosa, y aunque aparentemos estar bien, en verdad, solo ha llegado un día más y hemos vuelto a la rutina. Entonces, ¿qué de realmente nuevo tiene un cambio de año? Probablemente, el pasar del tiempo que lo vuelve a uno más resiliente ante este pesimismo del mundo de hoy.  

Amor en consumo

Amor -. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.” Al leer esta definición de la palabra, pude permitirme hacer una reflexión sobre cuando trataba de acusar a Pan de no comprenderlo emocionalmente. Él mencionaba este término como si de ello únicamente dependiera su vida. Y, tan solo quizás, ahora pueda contemplarlo desde otra perspectiva. Desde una un tanto mas analítica y, por poco, algo más desencantada.

Ahora que partió, comprendí que aquella inmediatez y necesidad de afecto no era precisamente aquello que decía. Era su necesidad de atraer a una persona a su vida en medio de un enceguecimiento que lo llevó a deslumbrarse por aquello nuevo que conocía. En cierta manera, casi una emoción similar a la de un niño con un nuevo juguete o un jovenzuelo disfrutando de su nuevo celular, una patineta o el último videojuego. Era una ensoñación.

Todo parece ser bueno, en la medida que el tiempo así lo permita. Y aquí viene la parte triste. Pan se fue al dejar de idealizarme y mostrar sus verdaderos sentimientos de abandono, vacío, degradación e insatisfacción, propios de cualquier ser humano. En esta sociedad de inmensa necesidad de adquerir algo nuevo, presumirlo y obtener satisfacción y felicidad de ello, el amor se ha convertido en casi un objeto de presunción y sobrevaloración. Deja de ser esa insuficiencia para buscar el encuentro y unión con otro ser, para tranformarse en una suerte de souvenir con precio e impuestos incluidos totalmente en rebaja.

Para quien ha olvidado lo que este tipo de amor, el de pareja, significa, sin duda fue un gran hallazgo. Intenté hilvanar distintas ideas de lo que podía devenir de casos como estos y lo cierto es que, concluí, que probablemente las malas experiencias que vivimos en el ‘amor’ se den a causa de personas que no pueden trascender ni abstraer sus propias emociones. Aquellos que divaguen en la nimiedad de una emoción momentánea y febril, pero teman u odien ir por buscar lo que en verdad significa.

“Viven para sobrevivir (en la medida de lo posible) y para obtener satisfacción (tanta como puedan). Como el mundo, no es para ellos su terreno de juego local ni tampoco algo de su propiedad […], no ven nada de malo en el hecho de explotarlo a su voluntad; para ellos, la explotación no es odiosa en la medida que tampoco lo es robar para recuperar lo que nos han robado” – Zygmunt Bauman.

En un mundo que avanza con tanta rapidez, todo aquello que nos rodea, incluyendo las emociones y sentimientos, terminaron por hacer de nosotros, como cuerpo y como alma, un objeto de venta, utilización, mercantilismo, intercambio, etc., pero ello también supuso de un momento de caducidad.

Me temo que Pan había hecho eso conmigo: convertirme en un objeto a desechar. Y lo cierto es que, gracias a esa distancia marcada, me permito observar de lejos sus efectos con más comodidad. No significa que sus emociones iniciales no hayan valido de nada. Solo supone de un cambio; cuando aún ni si quiera había dado las condiciones para finalizar lo que se proponía, saltó cuando pudo. Nada reprochable, pero quizás el sociólogo alemán que cité lo definiría como postmoderno. En otras palabras, ¿así se aman ahora?

Videojuegos: muriendo en el intento

En el Olimpo, los dioses han hecho de las diversiones los ejemplos más claros de la exquisitez. Hasta que llegaron los videojuegos. Este objeto de la modernidad ha encapsulado a los dioses y semidioses a una adicción más grande que la del mismo Zeus por secuestrar doncellas.

Las cosas más impensables sólo se pueden realizar en estas pantallas coloridas con movimientos rápidos y al mismo estilo de GTA lograr escalar por las montañas mientras te persigue la policía y toparte con un puma hambriento o hundir un vehículo en el océano y que salga abruptamente un tiburón.

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Trabajo full-time: ser hermana mayor

Ella ha cumplido 17 y con ello el juego de cuidarla en su adolescencia empieza a cambiar. Ya no es una niña del todo. Ya puede tomar sus propias decisiones y solo me queda orientarla. Sin embargo, ¿porqué duele tanto dejarla crecer?

Tener el privilegio de tener una hermana menor bordea los límites más tiernos y dulces que puede experimentar un ser humano a lo largo de su vida. Pero no. Ya no eres más la niña pequeña que cree que tener una hermana menor es como tener una nueva muñeca. Esta vez la muñeca es real y se hace en sus pañales. 

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Mariposas de madera

Jugaban a las escondidas en una suerte de inocencia casi macabra. Yo decidí contar tras un árbol. Ellas se escondieron, quizás en los mismos lugares donde se escondieron en una ocasión anterior. Era un poco difícil adivinar, entonces.

Mientras apoyaba mis brazos sobre la corteza robusta de un árbol, noté una forma extraña que sobresalía. Esa maravilla de la naturaleza, en primera instancia atemorizante, tenía algo que la hacía bella.

Mi primera reacción fue despegarme del árbol y observarla con aquellos ojos de niña, con unas curiosidad que aún persiste. Movió una de sus pesadas alas y volvió a su pose original. Cuando algunas decidieron salir de sus escondites ante mi asombro, hablaban de exterminar a la curiosa criatura.

  • ¡No! ¡No les ha hecho nada! – y corrí a buscar a una profesora de ciencias.
  • Mi primera reacción fue querer saber qué era, porque estaba ahí y cómo funcionaba. ¿Cómo podía volar con alas tan pesadas? Espere a que se alejaran, y fui por ayuda.
    • ¡Por favor, ayúdela! Quieren matarla y es especial. ¡Es una mariposa de madera y vive! – Le dije con cierto frenesí. La profesora aturdida me siguió lentamente mientras corría por detenerlas.
  • Cuando llegué ya no estaba. ¿Desesperación? Ese término no alcanzaba para definir lo que pude sentir. Ellas estaban un tanto más lejos. Sus sonrisas cómplices habían sido producto de un homicidio.
  • Quizás nunca volvería a ver un ser de alas como la madera, de increíble anatomía dura y gigantesca. Quizás nunca sepa si era un ser que aún exista o no. Sin embargo, entendí lo que valía una lucha por aquello que, creía, era importante.
  • Es en esa increíble experiencia de haber visto con mis propios ojos una mariposa con alas de madera que descubrí un sentimiento de gratitud hacia ella. Una suerte de emoción al saber que había luchado por ella, y cierta congoja al saber que ya no existía.

    Aquello lo volví a sentir en cada oportunidad en la que debía luchar por una causa aunque se vislumbrara perdida, aunque el mundo entero crea que estaba equivocada. ¿Pero que más da? ¡Qué sentimiento más bello!

    ¿Qué es el mundo sin luchar por algo? ¿Qué sería de no haberse ensimismado con estas ideas y apostar por ellas? Nuestra naturaleza nos sorprende cada vez más al empujarnos a ser quienes somos, a ver a través de esas rarezas, como la de la mariposa, una oportunidad distinta y que, aunque fracasemos, lo volvamos a intentar. Porque sea lo que sea lo que nos mueva, ese sentir en el corazón nadie lo puede detener.

    Luchemos por esas mariposas de madera, por esas ideas que quizás para otros sean locas. Defendámoslas, porque lo valen.